Óscar Borrás
 Óscar Borrás Ausias nace en Barcelona en mayo de 1947. En 1969 hace su primera exposición personal y numerosas exposiciones por toda España y en el extranjero hasta 2010.
PREMIOS Y DISTINCIONES
Primer Premio XIX Salón de Otoño de Valencia, 1973 - Medalla de Bronce I Salón de Primavera de Pintura y Escultura de Valencia, 1974 - Primer Premio Jacomart II Salón de Primavera de Valencia, 1975 - Medalla Plata IV Salón de Otoño de Pintura, Sagunto (Valencia), 1974 - Medalla al Mérito Artístico del Ministerio de Información y Turismo, 1969 -Medalla V Bienal Internacional del Deporte en las Bellas Artes, Madrid - Finalista en las Bienales Nacionales de Blanco y Negro, Madrid, 1972,1974, 1976 y 1978 - Finalista diez mejores obras V Concurso Nacional de Pintura de la Villa de Paterna (Valencia), 1975 - Medallas I y II Exposición de Pintura Fuerzas Armadas, 1981,1982, Valencia - Mención del Jurado Primer Premio Cámara de Comercio e Industria, Madrid, 1981 - Finalista I Concurso Pintura Iberia Líneas Aéreas, Madrid, 1974- Primer Premio del IV Premio de Pintura "La Marcelina", Valencia, 1981 -Accésit I Certamen de Pintura Ayuntamiento de Almería - Medalla de Plata PrixSuisseen Galería Kasper Morges, Pintura Naíf internacional a la mejor obra presentada por España, 1981 - Obra seleccionada para reproducción de UNICEF, 1995...y mucbos galardones mas hasta nuestros días.
El mundo feliz de ÓSCAR BORRAS
Si todo lugar de la Tierra fuese la reproducción más perfecta posible del Paraíso y la legendaria Atlántida no se encontrase perdida en el fondo del océano, sino que la tuviésemos extendida por todo el mundo habitable, quizá ahora los campos y las playas, las ciudades y los pueblos, serían como son representados en los cuadros de Óscar Borras. Porque debemos tener en cuenta que, situados en la utopía, una posible pero también altamente improbable sociedad perfecta, aquella que debería vivir contenta y en paz con lo que hiciesen sus miembros, no debería ser forzosamente primitiva ni debería tener su máximo arquetipo en el hombre salvaje. Todo lo contrario, podía haber llegado a un desarrollo tan notable y avanzado en los inventos y en las formas de vida que compaginase sin ningún tipo de problema aspectos tan diversos como estos; una selva convertida en jardín, con saltos de agua, fuentes y lagos de diseño; niños a caballo de delfines; y adultos que perfectamente vestidos, bailan o comen paellas de marisco en las terrazas de unos buenos hoteles situados cerca del mar en noches de luna llena. O que llevasen a cabo muchas otras actividades, sencillas y complicadas a la vez, hijas de la voluntad de ser materialmente felices sin dejar nunca de pensar en un mañana mejor.
Una felicidad imposible, ya que llevamos en todos nosotros el gen del pecado original y sabemos que la caja de Pandora fue abierta; pero, a pesar de todo, una inspiración de plenitud individual y social a la que nunca queremos renunciar porque en nuestras raíces como humanos vive una pequeña semilla de esperanza.
Óscar Borras, todo un clásico de la pintura naif española por sus numerosas exposiciones individuales desde 1969, los museos en los que se encuentra representado, los premios y las distinciones que ha obtenido, la bibliografía que hay sobre él y los coleccionistas que le siguen de manera entusiasta, nos alegra la vida con la sonrisa de su obra, Todo es positivo en él, desde el vuelo de los pájaros a los chicos que corren, van en bicicleta o respiran los perfumes de los árboles y de las plantas en flor. Sabemos que no es verdad, pero que podría serlo; que es un sueño que no produce ningún tipo de desazón y al que podemos volver siempre que queramos.
Josep M. Cadena
Periodista y crítico de arte "El periódico"
La obra de Oscar Borrás es paradisiaca; esta sola palabra sirve para definirla. Pinta paraísos y los paraisos, todos lo sabemos, no existen.
Hay falsos paraisos y hubo uno real, según cuentan las leyendas, que sólo fue conocido por Adán y Eva. Y por la serpiente tentadora.
Pero uno sueña con la posibilidad de que se conviertan en realidad y agradece que nos ofrezca su imagen. Mundo utópico, agradable, grato de contemplar. Espacios urbanos de gran belleza en el que palmeras, cascadas y lagos acogen espectaculares edificios; bosques de mil colores; y quienes estos espacios habitan, captados en mil escenas distintas, transpiran la felicidad de los elegidos. Obras de múltiple lectura, con multitud de escenas, cada una con su argumento. Y todo explicado de manera clara, con un cromatismo vistoso, espectacular, poniendo en juego una paleta limpia y clara, valiente en el momento de armonizar tonos y ritmos poéticos.
Nada más alejado de la pintura naïf; tambien alejado de la ilustración, si bien su obra podría ilustrar magníficamente un libro de sueños para adultos. Oscar Borrás ha encontrado su estilo, lo cultiva y perfecciona cuadro a cuadro, en una obra muy bien elaborada.
P. Nieto
Agustín González
La capital de España, Madrid, se ofrece a Agustín González como su musa para desarrollar su temática siendo un perfecto conocedor de la ciudad aplicando todo su contenido con armonía y ritmo. Los entornos que estimulan sus condiciones de pintor urbano son aquellos en los que todo está dispuesto para ser pintado. Su pericia la manipula para hacerse desde la pintura una extensa claridad donde todo que da definido y sintetizado.
Es pintor de caballete y eso imprime carácter. Con mano en el dibujo y sentido de la proporción, de componentes y conjuntos; y con sabiduría cuando aplica la materia cromática y hace que la descripción adquiera los tonos deseados y desde su primer impulso ya sintió esa pasión que le marcó como un pintor de realidades diarias.
Descubrir un bodegón, sea cual sea el motivo a mostrar, es como estar leyendo parte por parte la tela y a su vez intentar que por esa realidad los objetos se caigan del soporte, demostrando su realidad tan bien compensada siendo en relación un oficio hecho devoción, pues los distintos objetos, como cristal, cartón, etc.; nos hace ser partícipes de un ritmo callado, lleno de misterio adentrándonos en una calma teñida de sabiduría.
Valiéndose de unas naturalezas acuosas, verdosas y azuladas -en sus marinas-, dentro de una atmósfera envolvente que todo lo disipa y desvanece, Agustín González hace al espectador partícipe de las variaciones evanescentes de la luz, mostrando de forma sutil la arrolladora fuerza de lo aparentemente fugaz e incorpóreo. Y no solo transmite sensaciones físicas certeras, sino que la experiencia va más allá, internándose en el campo de la intuición, de lo anímico, logrando atravesar la no demasiado franqueable barrera de la realidad.
Agustín González es dueño de un estilo que poco a poco ha ido trabajando sin perjuicios hasta lograr un sello absolutamente personal, rotundo en su ejecución y sólido en su criterio siendo fiel a una mano que ha sabido dotar a la pintura de fuerza y valores propios. Técnicamente es éste una obra de magnífica factura con manejo de pincelada y cromatismo sumamente meticuloso.
Mario Nicolás
Si nos apetece pasear por Madrid, conocer avenidas, ver rincones, visitar monumentos, todo ello es posible observarlo, tenerlo, admirarlo, en la exposición que presenta Agustín González en la Galería Zúccaro, haciendo presente que en ella se incorporan marinas y bodegones de bella factura.
La fuerza que impregna en sus marinas muestran como las remansas aguas del puerto se convierten en imagen para adornar los veleros que en ellas descansan, haciendo que la luz y la paleta muestren un tono cromático que reflejan caudales mágicos, siendo a la vez un experto en procedimientos matéricos. Es meticuloso con el orden, sabe donde está cada sitio y lo va encajando allá donde le corresponde, se ajusta a la realidad recreando el conjunto, ya que no construye para ensuciar soportes sino que crea para que la tela le ofrezca lo que quiere.
En sus bodegones se presenta como un artista sensible lleno de poesía rozando incluso lo inexplicable de lo contemplativo, cartones, flores, cristal, cuerdas;, todo le es idóneo para mostrar sin alterar el orden para así poder aprender la esencia incorruptible de lo etéreo, haciéndonos partícipes de un mundo que sin perder su propio misterio interno, se nos aparece de una realidad muy propia.
Cuando se observan los edificios, los rascacielos, las tiendas, las fuentes, todo ese conjunto que son las maravillas de una capital, muestra su delicadez, su realidad y su destreza en la composición de un buen dibujo de base, sirviéndole de alguna manera la paleta para seguir el rastro.
Es Agustín González un artista de suaves toques, no le interesa la carga cromática y sus telas parecen arrancadas de esas fachadas o paredes de esa parte urbana, que van de la realidad al deseo, del recuerdo fiel y lo onírico, del azar y la vibración poética, sobre una luz de ceniza y cielo, adorando sus tonos en una realidad indiscutible.
Siendo honesto con su propia obra, ostenta la posibilidad de poder elegir a su antojo la temática, aplicar los tonos deseados, los soportes, la articulación de sus gustos o el azar incluso al que domina otorgando a su justa medida cierto protagonismo.
Nos podemos esforzar en descubrir las claves de su belleza, de su silencio hallando unas composiciones impecables de un artista en plenitud de su creatividad.
M. Losada
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